LA INFANCIA DE JACK

Si lo conté durante el juicio no fue por pura iniciativa sino por consejo del abogado, que pensaba que mi relato podía abonar su tesis de la locura de Jack y ayudar a librarle de la horca. Bien sabe Dios que, de haber dependido de mí, no lo habría hecho. Jack merecía una muerte infamante y yo no tenía el menor deseo de hurgar en el pasado en busca de disculpas a su depravación, pero el abogado era un tipo persuasivo. Me convenció. Mientras los hombres de las togas se removían impacientes en sus asientos, expliqué lo mucho que quería yo al viejo gato gris que había sido mi compañero a lo largo de diez años, y hasta qué punto había llegado a intrigarme su inteligencia. ¿Cómo vería el mundo con sus ojos de oro y sobre todo qué clase de pensamientos serían los suyos, teniendo en cuenta que carecía de palabras para formarlos? ¿Qué habría dentro de la cabeza de ese gato?, solía preguntarme –dije–, fascinada por su mirada enigmática.

            Mientras tanto, Jack iba creciendo, fuerte como la mala hierba, ante mi propia indiferencia y la brutalidad de un padre borracho y ensimismado. El chico era uno de esos rufiancillos con los ojos llenos de chispas, mejor dotados para las barrabasadas que para el estudio de las artes liberales, por lo que le habíamos puesto de aprendiz en el Mercado de la carne. Yo hacía lo posible para quitármelo de encima y mantenerle alejado, a fin de entregarme en paz a mis devociones y pensamientos. Una tarde de verano en que, por un raro capricho de las circunstancias, éramos felices y estábamos los cuatro –mi marido, Jack, el gato y yo– en el cobertizo, entregados a nuestros sueños en torno a una gran jarra de cerveza, murmuré mirando al animal que me contemplaba con ojos soñolientos desde el hombro de Jack: “¿Qué tendrá ese gato dentro de la cabeza?”

            El demonio del crío debió oírme, porque un día, después de una trifulca con su padre, y sin duda queriendo arrimarse a mi amparo y agradarme, o por la razón que fuera, vino corriendo a mi encuentro desde el fondo del jardín. Entre sus manos juntas como un cuenco traía –explicó alzándolas como una ofrenda– “lo que había dentro de la cabeza del gato”. Todavía humeaba levemente en la fría atmósfera de enero. No ahorré este detalle porque me impresionó.

            El juez dio un valor muy relativo a mi testimonio, gota de agua en un océano de sangre. Afortunadamente, hay justicia en el mundo.

Pilar Pedraza (Toledo, 1951)

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