ZÚÑIGA, PREMIO NACIONAL DE LAS LETRAS 2016

El Premio Nacional de las Letras en esta edición ha ido a Juan Eduardo Zúñiga,  (Madrid, 24 de enero, 1929) es un escritor, eslavista, lusista, crítico literario y traductor.

En su fallo, el jurado ha reconocido a Zúñiga por “una vida dedicada a las letras, en las que ha sido un maestro tanto en el género del cuento, realista y fantástico, como en el ensayo literario y la traducción”. Zúñiga fue un niño en la capital en pleno conflicto, la gran herida de su vida y episodio crucial que se convirtió en la materia de su memoria y su literatura. Estudió Bellas Artes y Filosofía y Letras, especializándose en lenguas eslavas, lo que le ha permitido realizar estudios sobre los principales creadores de estas lenguas.

Ahí va un microcuento de su libro Misterio de las noches y los días, Galaxia Gutemberg, Barcelona, 2013.

Era una jovencita aún y todos elogiaban su encanto, su inocencia, sus grandes bucles sobre los hombros cuando, por las tardes, cantaba ante el piano que tocaba su madre, emocionada al oír su voz.
Transcurría así la vida tranquila en aquella casa pero cierto día apareció un desconocido y se quedó a vivir allí. Era alto y hermoso, bueno e inteligente y la muchacha desde un principio lo admiró. A veces él le apretaba la mano y su mirada ahondaba misteriosamente en sus ojos azules. Desde que él había llegado todo se hacía más claro, más noble, sumía a la mente en cierta intranquilidad pero también en una inefable tibieza al corazón. Volaban los días, pasó un año y llegó el último instante: él se fue y ella conoció el tiempo de la tristeza y del sufrimiento, pero no quiso preguntar a nadie si volvería.
Un día, inesperadamente el huésped regresó y se acercó a sus labios y murmuró: “No temas, querida, soy invisible para los demás” y las bocas se unieron con pasión. Desde entonces estuvo cerca de ella: lo veía en el fondo de una habitación, en el corredor, al pie de una escalera, la seguía por la calle, se sentía abrazada con fuerza y ella se entregaba a su abrazo. La más extraña felicidad la acompañaba a todas horas: en el jardín, junto al piano, notaba que sus manos la acariciaban; de noche, despertaba y lo encontraba a su lado, desabrochándole, despacio, los botones del camisón.
Todos decían que su mirar velado y los colores de sus mejillas arreboladas podían ser de fiebre pero ella pensaba que nadie habría de saber la vehemencia con que se entregaban al amor.

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