EL DESENCUENTRO ORIGINAL

Adán iba tras ella con cierta sensación de inquietud o carcoma, con sabor a tropelía o avispero. Eva canturreaba tranquila por las colinas o piel del mundo. De pronto se detuvo, puso sus rodillas sobre el musgo o humedad y le pidió que se acercara. Él obedeció sin entusiasmo.

– Adán, a esto podríamos llamarlo hierba porque es verde y alargado.

– O Lagartija –replicó él.

– Y a esto mosca. Es algo tan negro y cargante…

– ¿Mosca? Eva, ¡ya había puesto yo nombre a todas las cosas del mundo!

– Definitivamente, mosca. ¿No ves qué ojos?

Y así toda la tarde. El sol ya empezaba a escamotearse detrás de los montes o confín cuando se lo confesó:
– Eva, estoy cansado o huérfano.

– Pues hijo, yo soy completamente feliz.

Adán la observó algo perplejo. ¿Feliz? ¿Cómo que feliz? ¿No era Eva carne de su carne? ¿Acaso no había cedido hasta una de sus costillas o parte de su mismidad para conseguir una ayuda que se le asemejara?

Apartó la vista de aquel rostro embelesado y se quedó pensando si aquello que bullía en su corazón era arrobamiento o encono.

Gloria Fernández Rozas (España)

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