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EL VIADUCTO

−Haga usted el favor de no empujarme más.
−Y a mí de no pisarme y ya es la segunda vez. Le voy a decir yo a usted una cosa: si tiene tanta prisa, ¿por qué no se lo ha hecho en casa?
−Eso digo yo. ¿No tiene usted una buena cuerda? O si no, con pastillas de ésas, como los artistas.
−A ver si por una vez hacemos una cola como Dios manda, que va a ser la última que hagamos.
−Eso mismo creía yo y, con ésta, he venido ya tres veces.
−¿Pues qué le faltaba a usted?
−La primera vez el certificado médico, y la segunda, la fe de vida.
−Pues estamos aviados. Yo no los traigo.
−Ni yo. ¿Para qué querrán esos papeles?
−Hombre, yo lo veo bien; porque si te vas a morir de una enfermedad, ¿para qué te vas a andar tirando?
−Bueno, eso todavía; pero la fe de vida, ya me dirá usted.
−Eso mismo fue lo que yo les dije, pero me contestaron que no había nada que hacer, que había habido casos de personas que, al irles a hacer el certificado de defunción, resultó que ya estaba muertas.
−Pero es el colmo; son incapaces de llevar el censo como Dios manda, y encima nos echan la culpa a nosotros.
−Sería que en vez de venir a matarse venían a rematarse.
−Qué graciosos es usted. No sé qué puede hacer alguien tan ingenioso en un sitio como éste.
−Ya ve.
−No hace ni diez años que venía la gente dándose un paseo desde la parada del metro de Ópera, y cogían, se tiraban, y Santas Pascuas.
−Le voy a decir yo a usted una cosa: la burocracia, eso es lo que nos está matando.
−A mí no. Yo me muero de otra cosa.
−¿…Y de qué, si puede saberse?
−De ganas de saltar el pretil y perderles de vista.
−Ya le dije que es usted muy gracioso.
−Sí; ya me dijo.

Alberto Escudero

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DESPEDIDA

Se despertó con un extraño sobresalto. La oscuridad era total; aguzó el oído; no debía de faltar mucho para amanecer porque le pareció oír los zorzales rebullir en el tejado. Entonces oyó la tos. La tos seca e inconfundible de su madre. Le había parecido oírla más veces, en los años que hacía que había muerto, pero nunca con tanta nitidez como ahora.

Pensó que hablando se le quitaría el miedo:

―Ya estoy desvelado. Me voy a liar un cigarrito.

Buscó a tientas el cabo de la vela y las cerillas. Sintió entonces la caricia inconfundible de la mano de su madre, áspera, callosa de tanto empuñar la azada y la pértiga de varear las aceitunas. Se incorporó en el catre como movido por un resorte:

―¡Madre!

―Sí, Antonio. Aquí estoy…  He venido a despedirme.

―No puede ser, madre. Dígame usted que estoy soñando, que me voy a morir de miedo si no…

―Antonio, hijo; ya no voy a poder verte más. Mira que te lo dije, que no te metieras en política con esos ateos, que Dios lo perdona todo menos eso… Ahora vamos a estar muy separados..

Oyó el ruido del motor, y enseguida los culetazos en la puerta. Abrió. Los faros del vehículo iluminaron la estancia.

―¿Qué queréis?

―¿Qué qué queremos? Anda, vístete.

Le volvieron los  temblores. Se puso los pantalones y las alpargatas; se remetió los faldones de la camisa.

Venía con ellos don José María:

―El Genaro me ha dicho que tú y él fuisteis los que hablasteis con el juez de lo del recuento de votos.

―¿Dónde está el Genaro?

―Ese está ya donde vas a estar tú dentro de un rato, cabrón. Sube a la camioneta.

Alberto Escudero (Badajoz, 1943)

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