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EL GLOBO

Aburrido, sin motivo especial, compré un hermoso globo negro y seguí caminando lentamente por las veredas internas del bosque, alejándome lo más posible del bullicio. Era un domingo soleado, semejante a cualquier otro en primavera.

Llegué a una explanada colmada de gente que iba y venía en todas direcciones. No pude tomar otro rumbo y continué la marcha abriéndome paso a veces a empujones. El globo se columpiaba lánguido frente a mis pasos y casi daba la impresión de que se movía libremente y en forma horizontal, sin que estuviera sujeto al hilo no muy largo que yo tenía en una mano.

En cierto momento olvidé figuras, voces y olores a mi alrededor y me dediqué a observar el desplazamiento continuo que frente a mi marcha realizaba el globo. Poco después, éste se convirtió en un elemento tan importante que yo dejé de tener conciencia plena de mi ser.

Cuando volví a retomarla estábamos ya frente al lago. Fue horrible, pero de pronto sentí que no era más que un grano sin contornos en aquel deambular de gentes por todas partes, ignorando aliento sin dirección. Tuve la impresión de no estar sujeto a la gravedad porque me estaba desmaterializando. Sobre todo al mirar hacia abajo y no verme por sitio alguno entre la confusa masa de colores desplazándose en espirales lentos.

Enrique Jaramillo Levi (Panamá, 1944)

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EN EL JARDÍN

Todo es posible, hasta lo imposible. La vida lo demuestra una y otra vez, sin tapujos, con naturalidad. A estas alturas, estoy plenamente convencido de ello. Pero todavía hoy me cuesta creer que mi atesorado jardín sea escenario de algo tan inaudito.

Ahí estaba tan tranquila, zumbando su vital recorrido, metida en la corola vistosísima de uno de mis tantos papos rosados, realizando simplemente lo que en el habitual calor del mediodía hace en un grato sitio como ése una avispa cualquiera; una más de las muchas que pululan de flor en flor. Y en eso que llega el niño de porra ese, el mismo que me espía todo el tiempo desde la más alta ventana de su casa contigua, sobre todo los fines de semana; y entonces, zas, arranca de cuajo el indefenso papo, se lo mete a la boca y se lo traga con avispa y todo, así, por pura maldad.

Debe de haber sentido un pinchazo en la lengua, o acaso en la mismísima campanilla traviesa, porque no pasaron tres segundos para que brotara, descomunal, el grito.

Todavía me muero de la risa cada vez que recuerdo cómo empezó a dar saltos desiguales por todo el inmenso jardín, yendo y viniendo de un lado para otro, mientras se hacía bien claro que se estaba meando, y enseguida cagando los pantalones cortos sin dejar de correr de aquí para allá, de allá para acá como enloquecido, gritando todo el tiempo.

Lo más extraño sucedió después. En una de ésas, tras el grito que no cesaba salió de su boca, íntegro, el papo, completamente reconstruido; y del papo, la avispa. Entonces ésta, pícara, le hizo una venia al niño que la miraba estupefacto, y se fue pirueteando su desenfado hasta perderse por los vericuetos del jardín.

Vi claramente cómo en el suelo de blanda tierra rojiza el papo echaba raíces, empezaba a crecer, se volvía gigantesca flor tornasolada que, en un instante, como enorme lengua fibrosa, sacó de su centro el pistilo de un amarillo intenso, rodeó con él al aterrado niño y, vengativo, se lo engulló.

Convertida ahora en planta grandísima que sobresale en mi jardín, esa flor conserva no obstante su autonomía. Desafiando toda lógica, sigue ahí –obligado sitio de peregrinaje– como si nada. Sólo yo sé su verdadera, inexplicable historia. Sólo yo.

Nunca conté a nadie el trágico destino de mi imprudente vecino. De todos modos no me iban a creer. Para qué más que la verdad, me siento muy cómodo sin su necia cercanía. Lo han buscado, claro. Incluso una vez me interrogaron. Sus padres, gente sencilla contra quienes nada tengo, parecen haberse resignado. Es sabido que todos los años desaparecen niños en todas partes del mundo y a menudo no vuelve a saberse de ellos.

El negocio va bien. Mi jardín se ha convertido en un espléndido escaparate de interés botánico. Cada tanto tiempo la historia, con variantes menores, se repite: alguna planta se agiganta merced a la osadía temeraria de una de sus flores. Sobre todo cuando algún niño travieso deja atrás la excursión en que venía y se siente tentado a transgredir la tensa paz de mis dominios.

Mi único temor es que tarde o temprano, como es lógico que ocurra, los científicos reclamen su derecho a buscar causas y efectos. Mis flores no son, en sí mismas, un problema. Últimamente han sabido ser extremadamente discretas en su proceder. Nadie más que yo, siempre atento a sus cosas, las ve actuar. Pero su inusual tamaño y vistosidad, eso sí que llama mucho la atención. Si algún botánico curioso, de ésos que nunca faltan, llegara a hurgar demasiado; si cortara un pistilo para llevárselo a examinar y saliera corriendo a tiempo desafiando así la súbita ira de la humillada planta, quién sabe qué descubriría… O qué podría pasarle, solo y desprotegido en la intimidad de su laboratorio…

¡Mientras tanto el negocio prospera y mis plantas, sobre todo los papos, se multiplican, se agigantan, están tan felices!

Enrique Jaramillo Levi (Panamá, 1944)

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