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La niñita feroz

La niña tiene diez años y se niega a comer. Cuando lo hace tiene que levantarse enseguida, ir de un lado para otro, moverse incesante y ansiosamente, como hacen los pájaros. No es más gruesa que un dedo meñique (pesa 25 kilos) pero vive obsesionada por lo gorda que está, y todos los espejos son para ella como esos espejos convexos de las ferias que achatan y envilecen las figura de los hombres.

El otro día salieron de paseo. La madre le había preparado un bocadillo, e iba feliz porque su niñita feroz parecía estar comiéndolo. Se encuentran con una vecina. Se detienen unos segundos y continúan el paseo todos juntos, niños y mayores. “Tu hija –la susurra al oído- está tirando el pan”. Las ha reconocido por detrás y al acelerar el paso para alcanzarlas la ha visto tirar varios trozos al suelo. La madre se da cuenta de que lo ha estado haciendo desde el principio, y de que si el bocadillo disminuía de tamaño es porque lo ha ido arrojando a escondidas desde que han salido de casa.

Ve la escena terrible. A su niña tomando los trocitos de pan y dejándolos caer con disimulo a sus espaldas, como hizo Pulgarcito en el cuento para encontrar después el camino de vuelta. Ve ese camino en el bosque. Aquí y allá las migas de pan le puntean rítmica y delicadamente y ellos (todos los niños del mundo) regresan corriendo por él. Su niña no. Ella no quiere volver, y es como si al tirar el pan se fuera desprendiendo de trocitos de su propio cuerpo. Una uña, un mechón de pelo, porciones mínimas de su carne. Como si sólo aspirara a ir adelgazándose más y más con cada nuevo paso hasta que a su fuerza de obstinación la sustancia de su cuerpo no fuera distinta que la del aire que respiraban.

Gustavo Martín Garzo

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LA DESPEDIDA

Visitaron Toledo cuando ya habían decidido separarse. Aún se amaban, pero era como si estuvieran expuestos a las inclemencias de una estación feroz, y ninguno de ellos pudiera ocuparse más que de su triste y desolada suerte.

Era su último viaje juntos. Pasearon por las calles inmóviles y en un momento determinado empezaron a llorar. Unas veces alternativamente, otras los dos juntos, de forma llamativa e incontenible, como dos niños que se hubieran perdido, que no se atrevieran a preguntar. Tenían que ocultarse, que escoger las calles más solitarias para que nadie les viera, y se pasaron el resto de la tarde huyendo, ocultando su callada desesperación como una culpa.

A duras penas, en un paréntesis de su llanto, visitaron la Casa del Greco. Vieron sus cuadros, demorándose ante cada uno de ellos con la misma dolorida atención que lo habían estado haciendo ante las sucesivas escenas de su amor. ¡Ah, aquellos colores líquidos, imposibles! ¡Parecían surgir del lento aluvión de sus lágrimas, de la misma tristeza, de la misma desoladora estación, la de las lluvias infinitas, la de del tiempo detenido y eterno!

También dentro de la sala parecía llover. La lluvia salpicaba los cuadros, empapaba las paredes y las alfombras, y ellos caminaban sintiendo el agua correr bajo sus pies, en medio de aquella multitud silenciosa, como por un reino de ahogados.

Gustavo Martín Garzo

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