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FRASE

Recordaba la frase, la había visto sobre el desconchado muro, que cercaba un solar vacío, en las afueras de la ciudad, de eso ha ce ya mucho tiempo, cuando apenas contaba diez años.

A lo largo de toda su vida la recordó muchas veces, pero nunca pudo entender su significado. Solo ahora, ya muy anciano, postrado en el lecho y extremadamente débil y enfermo, había logrado al fin, descifrarla. Pero casi al mismo tiempo, asaltó su fatigada mente, una terrible pregunta: «¿Que había detrás de la última pala bra? ¿una coma, un punto, puntos suspensivos?».

Todo el sentido de la frase dependía de aquello, pero el anciano, por más que lo intentaba, no alcanzaba a recordarlo. Además, ahora apenas podía pensar con claridad, todo se le mezclaba en un confuso torrente de fragmentos. En  medio de la fiebre, cual mudo espectador, asistía a la película de su vida.

Solo poseía clara la certeza, de que ya no tenía tiempo para averiguar con qué clase de signo ortográfico, concluía la frase. Exhausto por el esfuerzo, cayó sumido en un profundo letargo. Soñó ser un desconchado muro cercando un solar vacío, inscrita en él una frase que un niño con atención leía…

Julia Otxoa

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AGRADECIMIENTO

Hortensia Salazar recogió de la tintorería el abrigo rojo que días atrás había dejado para limpiar. El abrigo traía en su bolsillo izquierdo una pequeña carta dirigida a ella. Se le invitaba a acudir a una misteriosa cita en la playa, el martes doce a las tres de la tarde.

La dama, picada por la curiosidad, acudió a la cita y esperó por espacio de tres largas horas. Cuando cansada e indignada se disponía a marcharse, un niño le entregó otra carta de color verde. En ella, el misterioso personaje, que firmaba con las iniciales A. Z. se excusaba por no haberse presentado y le volvía a convocar para dentro de siete días en los jardines de la catedral.

Hortensia Salazar guardó fidelidad ininterrumpida durante más de veinte años a los sucesivos requerimientos, a pesar de que a ellos jamás acudió nadie.

Gracias a la diversidad geográfica de las citas, la paciente dama llegó a conocer perfectamente todos los rincones de su ciudad. Y cuando murió, siendo ya muy anciana, lo hizo quedando profundamente agradecida a aquel desconocido, que durante tantos años había llenado su vida, manteniendo viva en ella la llama de la pasión por lo ignoto e inasequible.

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FÁBULAS

Siguiendo el ejemplo de los cuentos de Las mil y una noches, el reo comienza a relatar fábula tras fábula a su verdugo, con el fin de entretenerle y retrasar al máximo el momento de su muerte. Pero ocurre que en mitad de la noche se le acaban de pronto las historias y ya no puede encontrar ni una sola en su cansada memoria.

Aterrado, y creyendo próximo su fin, mira al verdugo. Aliviado, comprueba que este se ha quedado profundamente dormido con la afilada hacha entre las manos. Así que ahora, ya más tranquilo, piensa que en realidad él nunca fue un buen narrador de historias y que, sin duda alguna, ha dormido de aburrimiento a su verdugo. Aprovechando esta circunstancia le quita con suavidad el hacha y, en el preciso momento en que la levanta para descargarla sobre la nuca del durmiente, este, sonámbulo9, se incorpora y comienza a relatar de modo tan magistral los maravillosos sueños por los que en esos instantes viaja, que al punto queda el reo totalmente embelesado.

Cuando amanece, el verdugo despierta y, aprovechando que en virtud del dulce encantamiento duerme ahora el reo apaciblemente, le quita a su vez el hacha. Y la historia vuelve a comenzar desde el principio, con el asustado reo contándole de nuevo fábulas al verdugo, etcétera, etcétera, repitiéndose así, perfecto, el mágico tiempo circular en el que ambos se perdonan mutuamente la vida.

Julia Otxoa (San Sebastián, 1953)

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