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EXTRAVÍO

Un ciego, con su bastón blanco, en medio del desierto, llora sin poder encontrar su camino porque no hay obstáculos.

Extravío, Alejandro Jodorowsky

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HOMENAJE A UN POETA ANDALUZ

Después de la muerte del Poeta, el grito se sostuvo en el aire, y poco a poco fue cambiando su naturaleza de grito hasta convertirse en una nube terrible y amenazante. Y fue imposible hacerle descargar su furia y su odio. Se mantenía en lo alto como una masa de piedra que esperase la mano de un artista y el prodigioso esfuerzo de las palabras. Algunos aseguran que la nube llovió sangre durante treinta días, y no hubo alba, ni rosas, ni blanco en los jardines. Días ciertamente oscuros -dicen otros-, pues el espesor de aquel suceso impedía que la luna iluminase el perfil de tarjeta de la ciudad. El General, más optimista, apuntó desde el Palacio Árabe su batería de acero contra la nube intensa, y un chaparrón de esquirlas de mármol nunca visto granizó indivisible sobre las viejas cenizas de la ciudad del odio. Y como ningún milagro, ningún vuelo, ni siquiera la brisa, se sostienen durante mucho tiempo de pie sobre lo azul, el grito volvió a silbar entre alcaicerías y plazas del olvido, ya sólo como grito, como línea infinita o puntos suspensivos infinitos. Aún hoy, pasados muchos años, el grito cruza el Sur con su eco de balas.

Rafael Pérez Estrada

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EL PARAÍSO ERA UN AUTOBÚS

Él trabajó durante toda su vida en una ferretería del centro. A las ocho y media de la mañana llegaba a la parada del autobús y tomaba el primero, que no tardaba más de diez minutos. Ella trabajó también durante toda su vida en una mercería. Solía coger el autobús tres paradas después de la de él y se bajaba una antes. Debían salir a horas diferentes, pues por las tardes nunca coincidían.
Jamás se hablaron. Si había asientos libres, se sentaban de manera que cada uno pudiera ver al otro. Cuando el autobús iba lleno, se ponían en la parte de atrás, contemplando la calle y sintiendo cada uno de ellos la cercana presencia del otro.

Cogían las vacaciones el mismo mes, agosto, de manera que los primeros días de septiembre se miraban con más intensidad que el resto del año. Él solía regresar más moreno que ella, que tenía la piel muy blanca y seguramente algo delicada. Ninguno de ellos llegó a saber jamás cómo era la vida del otro: si estaba casado, si tenía hijos, si era feliz.

A lo largo de todos aquellos años se fueron lanzando mensajes no verbales sobre los que se podía especular ampliamente. Ella, por ejemplo, cogió la costumbre de llevar en el bolso una novela que a veces leía o fingía leer. A él le pareció eso un síntoma de sensibilidad al que respondió comprándose todos los días el periódico. Lo llevaba abierto por las páginas de internacional, como para sugerir que era un hombre informado y preocupado por los problemas del mundo. Si alguna vez, por la razón que fuera, ella faltaba a esa cita no acordada, él perdía el interés por todo y abandonaba el periódico en un asiento del autobús sin haberlo leído.

Así, durante una temporada en que ella estuvo enferma, él adelgazó varios kilos y descuidó su aseo personal hasta que le llamaron la atención en la ferretería: alguien que trabajaba con el público tenía la obligación de afeitarse a diario. 

Cuando al fin regresó, los dos parecían unos resucitados: ella, porque había sido operada a vida o muerte de una perforación intestinal de la que no se había quejado para no faltar a la cita; él, porque había enfermado de amor y melancolía. Pero, a los pocos días de volver a verse, ambos ganaron peso y comenzaron a asearse para el otro con el cuidado de antes.

Juan José Millás

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EL NIÑO QUE ERA AMIGO DEL DEMONIO

Todo el mundo, en el colegio, en la casa, en la calle, le decía cosas crueles y feas del demonio, y él le vio en el infierno de su libro de doctrina, lleno de fuego, con cuernos y rabo ardiendo, con cara triste y solitaria, sentado en la caldera.

“Pobre demonio -pensó-, es como los judíos, que todo el mundo les echa de su tierra”. Y, desde entonces, todas las noches decía: “Guapo, hermoso, amigo mío” al demonio. La madre, que le oyó, se santiguó y encendió la luz: “Ah, niño tonto, ¿tú no sabes quién es el demonio?”. “Sí -dijo él-: sí: el demonio tienta a los malos, a los crueles. Pero yo, como soy amigo suyo, seré bueno siempre, y me dejará ir tranquilo al cielo”.

Ana María Matute

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MITOLOGÍA DE UN HECHO CONSTANTE

A la madre le habían confiado los dioses el secreto: “Mientras alimentes la llama de esa hoguera, tu hijo vivirá”. Y la madre, infatigable, sostenía el fuego, vigilándolo, sin permitir que disminuyese en intensidad ni altura.

Así pasaron los años. La madre, arrodillada ante el lar, veía cómo las ascuas alargaban sus alegres brazos escarlata, garantía de la vitalidad de su hijo. Sin dormirse, hora tras hora, agregaba al montón caliente nuevos troncos, en vela de su hermosa calentura.

Un día, por la puerta abierta que daba a los campos, entró una joven blanca, sonriente y hermosa, de paso seguro y ojos que miraban con gozo y fe al porvenir. Sin hablarle, ayudó a levantarse a la madre, sorprendida, le hizo un ademán de adiós, y se arrodilló ante el lar, a nutrir ella, la crepitante llamarada.

La madre no preguntó. Súbitamente comprendía que era su revelo, que estaba obligada a ceder el turno a la desconocida, a la que se encargaba desde entonces de sostener el alimento de la incesante llama para que viviera su hijo.

Y, también en silencio, se salió de la casa y no se fue lejos; solo donde podía prudentemente contemplar el humo delicado disolviéndose en el delicado azul.

Tomás  Borrás

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