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EL CAMPEONATO MUNDIAL DE PAJARITAS

Abierto oficialmente el campeonato mundial de pajaritas el señor Pereira se dirige al proscenio, toma una hoja de papel, la dobla, la vuelve a doblar, y de los pliegues surgen lentamente una montaña, y un arroyo, y un arco iris que desciende hasta que junto a él fulguran las nubes y finalmente las estrellas. Un gran aplauso resuena, el señor Pereira se inclina y baja lentamente a la sala.

Acto seguido se instala en el proscenio el señor Noguchi, quien toma en cada mano una hoja de papel, la mano izquierda dobla, dobla, sale una paloma, sosteniendo el pico con los dedos anular y meñique y tirando de la cola con los dedos índice y medio las alas suben bajan suben bajan, la paloma vuela, entretanto la mano derecha dobla, dobla, sale un halcón, colocando el dedo índice en el buche y presionando con el pulgar en las patas, las poderosas alas suben bajan bajan suben, el halcón vuela, persigue a la paloma, la atrapa, cae al suelo, la devora.

Grandes y entusiásticos aplausos.

Sube al proscenio el señor Iturriza, quien es calvo, viejo, tímido y usa unos lentencitos con montura de oro. En medio de un gran silencio el señor Iturriza se inclina ante el público, hace una contorsión, se vuelve de espaldas. La segunda contorsión la despliega, asume una forma extraña, y luego viene la tercera, la cuarta, la quinta contorsión, la apertura del pliegue longitudinal, y la vuelta del conjunto. La sexta y la séptima contorsiones son apenas visibles pero definitivas, la gente va a aplaudir pero no aplaude, en el proscenio el señor Iturriza deshace su último pliegue y se transforma en una límpida, solitaria, gran hoja cuadrada de papel blanco.

Luis Britto García (Caracas, 1940)

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EL ESPÍA GEOGRÁFICO

Mi historia trata de un pandhit, de uno de esos esforzados miembros del cuerpo que creó el coronel Stonewall en la India, para cartografiar el inmenso territorio enemigo que les rodeaba.

Disfrazados de monjes, con la túnica azafranada sobre el cuerpo, y el grado de suboficial de la Reina en el corazón, nada era lo que parecía. El rosario escondía un ábaco, y el puño del bastón un sextante simplificado. Lo que bisbiseaban constantemente no eran oraciones, sino cifras. Y a nuestro pandhit le encomendaron medir el Tíbet.

Con el paso calculado y uniforme que era la clave de todo, subió y bajó las montañas del Nepal, vadeó ríos,  se unió a mercaderes, fue raptado por bandidos y, cuando se escapó, desanduvo el camino en un rodeo que le habría permitido llegar de Bristol a Edimburgo.

Con el murmullo en los labios resolvió pasos en millas, las millas en docenas de millas, y las docenas en gruesas, que marcaba con guijarros en un pliegue de la túnica. ¡Un hombre descalzo para medir una extensión gigantesca, cuando la ortodoxia agrimensora exigía lentas cabalgaduras que arrastraban una rueda de dos metros de diámetro!

El viaje duró tres años. Volvió, dibujó un mapa con una precisión que hoy sabemos asombrosa, y se retiró con honores a los cincuenta años. Vivió mucho, conoció a sus nietos y hasta el final se puso el uniforme del ejército británico los días de fiesta. En su vida plácida rodeado de los suyos, podríamos preguntarnos qué le quedó de su aventura, de no ser porque nos ha llegado (a través de las memorias de Stonewall, Veranos del Panjub) el sobrenombre con el que fue conocido el resto de sus días. Traducido de su dialecto local viene a ser: “el que murmura cuando camina”.

José Antonio Millán (Madrid, 1954)

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Microrrelato del viernes…PAÍS DE VAMPIROS

Aquí el descanso perfecto es imposible. No podemos dormir tranquilos, aunque nuestro cobijo sea seguro. Caemos en un sueño inquieto, temeroso, lleno de sobresaltos. Un sueño donde los presentimos, dedicados a su ávida busca, con el propósito indeclinable de alcanzarnos. Invadidos por un miedo que a veces nos hace despertar, imaginamos sus figuras oscuras, sus capas aleteantes, el maletín en que guardan la aguzada estaca que esperan clavar en el corazón.

José María Merino, Cuentos del libro de la noche.

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UN MINICUENTO DE RODARI, PARA ENREDAR(NOS)…

A ENREDAR LOS CUENTOS
-Érase una vez una niña que se llamaba Caperucita Amarilla.
-¡No, Roja!
-¡Ah!, sí, Caperucita Roja. Su mamá la llamó y le dijo: “Escucha, Caperucita Verde…”
-¡Que no, Roja!
-¡Ah!, sí, Roja. “Ve a casa de tía Diomira a llevarle esta piel de papa”.
-No: “Ve a casa de la abuelita a llevarle este pastel”.
-Bien. La niña se fue al bosque y se encontró una jirafa.
-¡Qué lío! Se encontró al lobo, no una jirafa.
-Y el lobo le preguntó: “¿Cuántas son seis por ocho?”
-¡Qué va! El lobo le preguntó: “¿Adónde vas?”
-Tienes razón. Y Caperucita Negra respondió…
-¡Era Caperucita Roja, Roja, Roja!
-Sí. Y respondió: “Voy al mercado a comprar salsa de tomate”.
-¡Qué va!: “Voy a casa de la abuelita, que está enferma, pero no recuerdo el camino”.
-Exacto. Y el caballo dijo…
-¿Qué caballo? Era un lobo
-Seguro. Y dijo: “Toma el tranvía número setenta y cinco, baja en la plaza de la Catedral, tuerce a la derecha, y encontrarás tres peldaños y una moneda en el suelo; deja los tres peldaños, recoge la moneda y cómprate un chicle”.
-Tú no sabes contar cuentos en absoluto, abuelo. Los enredas todos. Pero no importa, ¿me compras un chicle?
-Bueno, toma la moneda.
Y el abuelo siguió leyendo el periódico.

FIN

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LA PESADILLA DE PETER PAN

Cada vez que hay luna llena yo cierro las ventanas de casa, porque el padre de Mendoza es el hombre lobo y no quiero que se meta en mi cuarto. En verdad no debería asustarme porque el papá de Salazar es Batman y a esas horas debería estar vigilando las calles, pero mejor cierro la ventana porque Merino dice que su padre es Jocker, ý Jocker se la tiene jurada al papá de Salazar.

Todos los papás de mis amigos son superhéroes o villanos famosos, menos mi padre, que insiste en que él sólo vende seguros y que no me crea esas tonterías. Aunque no son tonterías porque el otro día Gómez me dijo que su papá era Tarzán y me enseñó su cuchillo, todo manchado de sangre de leopardo.

A mí me gustaría que mi padre fuese alguien, pero no hay ningún héroe que use corbata y chaqueta a cuadritos. Si yo fuera hijo de Conan, Skywalker o Spiderman, entonces nadie volvería a pegarme en el recreo. Por eso me puse a pensar quién podría ser mi padre.

Un día se quedó leyendo el periódico y lo vi todo flaco y largo en el sofá, con sus bigotes de mosquetero y sus manos pálidas, blancas blancas como el mármol de la mesa. Entonces corrí a la cocina y saqué el hacha de cortar la carne. Por la ventana entraban la luz de la luna y los aullidos del papá de Mendoza, pero mi padre ya grita más fuerte y parece un pirata de verdad. Que se cuiden Merino, Salazar y Gómez, porque ahora soy el hijo del Capitán Garfio.

Fernando Iwasaki

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