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El atrancado

Llevaba su desconfianza de los demás hasta el extremo de no querer compartir nada suyo con nadie; se atrancaba detrás de su egoísmo como de una puerta, construyéndose una barricada con todas las cosas que hubieran debido servirle para algo. No pensaba más que en defenderse de este modo, y se dormía al pie de su montón de trastos, sobre el suelo, de cualquier manera. Vivía así la vida más miserable de todas. Estaba tan abarrotado de chismes inútiles, había acumulado tantos obstáculos para aislarse, que se le veía perecer, día a día, emparedado, enterrado vivo en la sucia escombrera de su atrancamiento.

José Bergamín

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Electra

Hilaria levanta los ojos de la labor y observa risueña cómo Abigaíl, su nieta de seis años, se entretiene recortando una revista.

-Y dime, vida mía, ¿tú qué quieres ser de mayor? -le pregunta.

Abigaíl aplica pegamento al reverso de una modelo en bikini y aplasta el recorte contra un folio en blanco.

-Yo de mayor quiero ser mamá -responde, sin ningún asomo de duda.

Enternecida, Hilaria retoma la labor. Al cabo de un rato, vuelve a levantar la vista.

-¿Y cuántos hijos vas a tener, cielo?

Abigaíl termina de recortar un adonis con chaqué y lo fija junto a la modelo en bikini.

-A mí los hijos me traen sin cuidado -contesta en un tono didáctico, como si ella fuese la abuela, y la abuela una niña-.Yo lo que quiero es dormir con papá.

Rubén Abella

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Invención del Carnaval

En aquel primer Carnaval del mundo, cuando aún no existían más seres humanos que los que componían la primera pareja, Adán sintió ganas de disfrazarse para dar broma a Eva, y tomando un pámpano, le abrió los dos agujeros de los ojos y lo convirtió en careta. Después envolvió su cuerpo en grandes hojas de tabaco y de esa guisa se dirigió a Eva.

Eva, un poco sorprendida ante aquella voz de falsete que le preguntaba con insistencia: “¿Quién soy?, ¿quién soy?”, respondió:

–¡Pedro!

Ramón Gómez de la Serna

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MEMENTO

Tras veinte años de búsqueda surcando los mares más lejanos, el pirata encontró al fin el cofre del tesoro. Con lágrimas en los ojos y esbozando una leve sonrisa, comprobó que no contenía oro, ni reliquias, ni diamantes, ni siquiera monedas de plata, sino algo mucho más valioso y extraño al mismo tiempo, un papel amarillento que, tiempo atrás, alguien había puesto en aquel lugar: el mapa de regreso.

Miguel Ángel Hernández-Navarro

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LA WEB DE MARINA

Marina tecleó en el formulario de un buscador de Internet: “Estoy sola. Me llamo Marina. Escríbeme si también te encuentras solo”. Por suerte dio con la web de otra chica que, como ella, también se llamaba Marina. No era la única coincidencia: la otra Marina también buscaba compañía. Decidió escribirle un correo electrónico. En el apartado Asunto tecleó: “No te preocupes. Nos haremos compañía mutuamente. Mi nombre es Marina”. Y dejó el cuerpo del mensaje en blanco. Todo estaba dicho ya.

Un minuto después, Marina recibió el correo electrónico que se había enviado a sí misma. Sonrió y respiró profundamente. Sabía que esa nueva amistad le haría compañía hasta el fin de sus días.

Francisco Rodríguez Criado

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