Archivo de la categoría: Microrrelatos

EROS Y TÁBANOS

-Llévame a los acantilados- le pidió su novia al empleado de la funeraria.

Él, complaciente, arrancó el coche fúnebre y atravesaron la ciudad rumbo a la costa.

Ya habían rebasado las afueras, cuando ella se quitó la blusa:

-Te espero ahí detrás- dijo, pasando entre los asientos. A la luz del atardecer sus senos oscilaron como dos frutos cálidos.

Durante las obligadas esperas del trabajo, había ido él desgranando con disimulo ramos y coronas de los difuntos transportados aquel día, dejando la carroza funeraria convertida en un lecho de flores.

Ahora, en el retrovisor, mientras ascendían por las estrechas carreteras, la contempló allí tendida, desnuda toda ya, sonriente, bellísima, con sus largos cabellos esparcidos…, pero cuando llegaron a lo más alto vio con sorpresa que a ella se le mudaba el gesto y empezaba a gritar dando manotazos:

-¡Tábanos, hay tábanos! – se podía oír su zumbido oscuro y pegajoso.

De inmediato, paró el coche y se bajó con intención de abrir el portón trasero para liberarla, pero sólo pudo esbozar un ademán ridículo en el aire, pues se había olvidado de echar el freno de mano y el vehículo con ella dentro se le estaba yendo, se le había ido ya, de hecho, ladera abajo.

Y aunque corrió detrás para alcanzarla, apenas tuvo tiempo de ver tras el cristal su bello rostro aterrado y, después, al fondo del abismo de la noche, contra las rocas del acantilado, aquel estallido colosal de fuego y flores.

Carmela Greciet

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EL ENFERMO

No comprendo este nuevo síntoma de mi enfermedad. He perdido por completo la vista y tengo la asfixiante sensación de estar encerrado. No sé cuántas horas (o días) habré estado sin sentido. Lo último que recuerdo es el brillo de una lamparilla y un rumor de sollozos en el cuarto. Ahora quisiera decir a todos que he vuelto en mí; pero he perdido, aparte del habla, también todo movimiento salvo el del brazo derecho, que, al moverme, tropieza con algo que debe ser la pared de la habitación pero que, por causa de la perturbación de la sensibilidad que sufro, a mí me parece como una tabla. También experimento extrañas sensaciones, como un perfume de flores que parece ascender desde mis pies. Son penosos fenómenos que, evidentemente, confirman la extremada gravedad de mi estado.

(Alfonso Sastre)

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EL ESPECTADOR, DE ANA SARRÍAS

El puñetero ojo de la cerradura sigue rozando. Pero mi llave abre de todos modos, como siempre. Me descalzo y voy cruzando de puntillas el pasillo hasta la habitación de los niños. Están preciosos. Parece mentira todo lo que han crecido en un año. Les doy un beso en la frente y les arropo. Después entro en la habitación de los padres. Me acerco hasta su cama y les observo conteniendo la respiración. Me pregunto por qué no pudimos ser nosotros. Cómo se torció todo. Y cómo es que nunca cambiaron el bombín.

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EL ACTOR

Sólo se le conocía a través de sus apariciones en las telenovelas. Al terminar sus jornadas abandonaba con disimulo los estudios e iba a sumergirse en el cuarto de una pensión donde no lo reconocía nadie. No tenía amigos ni familiares, ni sentimientos, ni ideas ni deseos. Se sentía existir únicamente en su serie de las siete treinta de la tarde… Un día desapareció. La prensa habló de fuga amorosa, de rapto, de crimen. Para llenar el vacío dejado por su ausencia, se organizaron retrospectivas de sus episodios. Mientras tanto, en la cruz roja, un desconocido agonizaba sin poder morir. Una señora que filmaba a un pariente accidentado, al verlo por la cámara lo reconoció. Al darse cuenta que era grabado, el actor pudo por fin expirar.
Lo hizo con una gracia sublime. La noticia se comunicó a todas las agencias. Se le dedicaron planas enteras en los periódicos y el disco que registró su deceso mereció ser enterrado en el Mausoleo Nacional dentro de un lujoso ataúd. Su cadáver fue arrojado a la fosa común.

Alejandro Jodorowsky

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¿EFERVESCENTES? No gracias, parece contarnos Julio CORTÁZAR en este Microrrelato

EN UN VASO DE AGUA FRÍA O PREFERENTEMENTE TIBIA

Es triste, pero jamás comprenderé las aspirinas efervescentes, los alcaselser*  y las vitaminas C. Jamás comprenderé nada efervescente porque una medicina efervescente no se puede tomar mientras efervesce puesto que parte de la pastilla se te pega al paladar y qué cosquillas, por lo demás totalmente desprovistas de propiedades terapéuticas. Si en cambio se la toma una vez que ha efervescido ya no se ve para qué sirve que sea efervescente. He leído mucho los prospectos que acompañan a esos productos, sin encontrar una explicación satisfactoria; sin duda la hay, pero para enfermos más inteligentes.

Julio Cortázar (1914-1984)

 

*Alka-Seltzer (escrito como lo pronuncia el autor) es un antiácido.

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