EXTRAVÍO

Un ciego, con su bastón blanco, en medio del desierto, llora sin poder encontrar su camino porque no hay obstáculos.

Extravío, Alejandro Jodorowsky

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VANESSA PÉREZ-SAUQUILLO, ESTRELLAS POR LA ALFOMBRA

No dejes que la luz
de mi cuerpo te engañe.
Voy quemando las naves.
*
Esta mañana supe
mi extraña rendición a tus palabras,
mi irrevocable voluntad de náufrago
de sílabas,
de filóloga ahorcada en complementos
directos o indirectos
pero tuyos.

Esta mañana supe
que me visto en tus verbos,
desayuno tu nombre
y me quedo perdida, como tonta,
si me encuentro algún “no”
camino de la tarde,
camino de la noche.

Esta mañana supe
que muy frecuentemente
me vuelvo monosílabo
de sombra
agarrado al tobillo de tus frases,
que muy frecuentemente
quisiera ser prendida en tu nevera
como “nota importante”.

Esta mañana comprendí, aturdida.
Esta mañana supe, por fin vi
que me confundo en viento
cuando gritas mi nombre
y que basta un susurro,
un susurro de nada,
para dormirme en ti.
*
No es una llamada.
Sólo trato
de expulsar
tu nombre de mi cuerpo.
Tu nombre que es mi cuerpo.

Vanessa Pérez-Sauquillo (Madrid, 1978)

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LA DESPEDIDA

Visitaron Toledo cuando ya habían decidido separarse. Aún se amaban, pero era como si estuvieran expuestos a las inclemencias de una estación feroz, y ninguno de ellos pudiera ocuparse más que de su triste y desolada suerte.

Era su último viaje juntos. Pasearon por las calles inmóviles y en un momento determinado empezaron a llorar. Unas veces alternativamente, otras los dos juntos, de forma llamativa e incontenible, como dos niños que se hubieran perdido, que no se atrevieran a preguntar. Tenían que ocultarse, que escoger las calles más solitarias para que nadie les viera, y se pasaron el resto de la tarde huyendo, ocultando su callada desesperación como una culpa.

A duras penas, en un paréntesis de su llanto, visitaron la Casa del Greco. Vieron sus cuadros, demorándose ante cada uno de ellos con la misma dolorida atención que lo habían estado haciendo ante las sucesivas escenas de su amor. ¡Ah, aquellos colores líquidos, imposibles! ¡Parecían surgir del lento aluvión de sus lágrimas, de la misma tristeza, de la misma desoladora estación, la de las lluvias infinitas, la de del tiempo detenido y eterno!

También dentro de la sala parecía llover. La lluvia salpicaba los cuadros, empapaba las paredes y las alfombras, y ellos caminaban sintiendo el agua correr bajo sus pies, en medio de aquella multitud silenciosa, como por un reino de ahogados.

Gustavo Martín Garzo

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ANA TAPIA, REANIMACIÓN

Yo no sé si quiero que los muertos
regresen de su tumba
e invadan nuestra hiel con sus ojos perplejos.

Yo no sé si quiero que los muertos despierten
y me acunen y canten una nana de estrellas.

No sé si abrir los ojos o cerrarlos
ante su andar etéreo y su desdicha
manos blancas que asustan, voz quebrada

yo no sé
yo no sé

si es mejor o peor que recuperen las plazas
los mercados y las carreteras
donde vagan, perdidos, esperando mi mano.

Ana Tapia (Almería, 1974)

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PREMIO NOBEL DE LA PAZ: CONTRA LA VIOLENCIA SEXUAL

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